Enrique Maldonado
@noenrique
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Fleabag 2016
Somos seres imperfectos y rotos. Eso es lo que nos hace humanos y el hecho de querer ser mejor y que nuestro pasado no nos arrastre en nuestro presente y en el futuro es un conflicto complicado y eterno que cada quien batalla a su manera. En Fleabag vemos una exploración universal sobre cómo llegamos a disociar como un mecanismo de defensa frente al miedo paralizante de ser vulnerable y esa disociación se puede presentar en diferentes armaduras como intelectuales, sexuales o irónicas para evitar habitar un dolor.
En esta primera parte, Fleabag se escuda bajo la hipersexualización y el humor ácido. Usa el sexo casual no como placer, sino como un anestésico que en cierto modo valida su existencia sin exigirle alguna clase de entrega emocional. Pero su recurso más sofisticado de evadir es el uso de la cuarta pared. Hablar a la cámara se convierte en una disociación que convierte su vida y sus tragedias en un espectáculo donde ella mantiene un control al juzgar a la gente a su alrededor ante el espectador antes de que ellos puedan juzgarla a ella evitando esa culp que la carcome y que no ha procesado como la muerte de su mejor amiga y de su madre. Llega un punto en que Fleabag toca fondo completamente con ella y con su círculo más cercano que no tiene otra opción que dejar esos escudos y enfrentarse a lo que más teme.
Es ahí donde la segunda parte nos lleva de la evasión a la exposición. Al mantenerse siempre al margen de sus dinámicas hipócritas de su familia y sus viejos hábitos, la irrupción del Cura fractura todo su sistema defensivo. Esta disrupción no es porque represente un tabú religioso o una prohibición moral por sí solo, sino porque posee esa atención consciente a Fleabag que logra percibir cuando “se va” y habla a la cámara. El sacerdote invade el único refugio donde ella se sentía inalcanzable y la obliga a estar presente en la realidad.
En esta escena del confesionario, que se me ha hecho lo mejor de toda la serie, se encuentra la gran catarsis de este proceso. Es donde se desmonta esa falsa ilusión de independencia cuando Fleabag admite el agotamiento que le produce el libre albedrío y el terror a ser una persona defectuosa. Ese vínculo con el sacerdote, igualmente roto y contradictorio, funciona como un reflejo que le demuestra que el dolor no la vuelve indigna de afecto. El sexo ya no es tanto una banalidad pero sobre todo hay un acto de intimidad real con todo el riesgo de ruptura que ello conlleva.
El mensaje central de la serie trasciende el desenlace romántico en la parada de autobús. Esa separación final no representa una derrota sino el costo de volver a sentir. Ese costo donde nosotros dejamos de seguir a Fleabag como un espectáculo y decide irse a vivir el gran riesgo de sentir y vivir.
Me gusta como este mensaje tan grande sea tan bien contado en 12 capítulos que se enfoque completamente en su argumento principal, en grandes monólogos sin irse a subtramas que por la naturaleza de esta obra, el mensaje principal se hubiera diluido y perdiera el impacto que tiene. Gran serie.
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PD. Un saludo a mi querida amiga, quien desde hace años me recomendó esta serie y no la podía terminar hasta hoy... Si alguna vez te preguntaste por qué no la vi en su momento, honestamente no lo sé, mi mente es muy extraña que yo mismo no sé lo que hago a veces. Pero fuera de eso, agradezco que tengas la confianza de compartir conmigo quien eres, que es lo que sientes y piensas… quizás no siempre con palabras directas pero en esas veces que me recomiendas ver o escuchar algo veo de cierto modo lo que eres.

